De Oriente a Occidente transpira el tambor. El compase anuncia que comienza el jolgorio y dos coristas responden con estribillos al primer llamado del cantor solista. Las pieles de los instrumentos vibran mientras se alistan para evocar los sonidos de una Isla heterogénea que, cada 20 de octubre, celebra el Día de la Cultura.
En el escenario: Banrrarás, el primer grupo danzario en conquistar la Nave 4 de Fábrica de Arte Cubano, que en esta ocasión apuesta por el espectáculo Sabor Caribeño, como una suerte de extensa investigación sobre el folclor de la región oriental de la mayor de las Antillas.
Ante los primeros sonidos, locales y foráneos responden. Los toques crudos marcan la cadencia de los presentes. Cuatro siglos de gestación se contemplan ahora en estas coreografías, que resultan una mirada al amplio tejido multicultural que conforma la nacionalidad cubana.
Los aportes franco-haitianos llegan para nutrir las raíces hispánicas y afrocubanas. El negro se adorna con ritmo y baila para que toda su vitalidad quede en esos pasos descalzos. Los bailarines destacan por el dominio del gagá, complejo musical danzario en el que se presentan diferentes escenas con cierta semejanza al arte circense. Tanto hombres como mujeres juegan con elementos identitarios como el machete y el bastón.
A ratos, se aventuran a sostener una mesa con los dientes o realizan el complejo acto del "comecandela".
El golpe fuerte sobre los cueros incita a las deidades del mundo mágico-religioso de Haití, el Caribe anglófono y África. Euforia y algarabía se entrelazan con giros expresivos y enérgicos, sustentados por los sonidos de tres tambores: uno grande (de tronco ahuecado) con sonido grave, y dos más pequeños de resonancia aguda.
Mientras, en el público, se hace evidente el proceso de transculturación que nos define históricamente. Cuba es un amasijo de pieles e historias; un nicho de lenguas y olores, mezcla de música y expresiones.
El espectáculo de Banrrarás agasaja la pluralidad. No se puede comprender la cultura de la Isla sin conocer sus raíces, y en este sentido, Sabor Caribeño triunfa por la presencia de varias expresiones danzarias, que esbozan con aciertos las matrices que nutren la identidad cultural cubana.
Antes de que culmine la presentación, uno de los danzantes decide abrirse paso entre los presentes. Salta desde el centro del escenario y se mueve buscando sincronización entre sus movimientos y los del público. El diálogo se establece a través del sonido de los tambores y el pálpito es único durante poco más de una hora. Antes del cierre con la comparsa todos recuerdan que, en Cuba, el que no tiene de congo, tiene de carabalí.
La traducción de esta noche de agasajo pasa por varias percepciones. Desde la multitud, quien observa con ojo acucioso, entiende las señas permanentes que transitan, de siglo en siglo, por tantas generaciones de cubanos. Del mosaico cultural emerge una nueva realidad, más compleja, independiente y original; una realidad gestada por los locales durante más de cuatro siglos y que, hoy, resulta lenguaje y marca de cualquier habitante procedente de esta Isla.