Dacio Malta decidió adentrarse en la historia musical de Cuba cuando visitó por primera vez El Gato Tuerto, piano-bar fundado en la década de 1960, y que en los primeros años postrevolucionarios devino en una suerte de epicentro cultural para La Habana bohemia.
Brasileño de nacimiento, Malta retorna a la Isla una y otra vez, fascinado por "su música, las personas, y los puros". Hasta la fecha, ha pisado tierra cubana más de 40 veces y, en las últimas ocasiones, ha traído consigo el resultado de tantos regresos.
Más de un año de investigación se concreta en El Gato de La Habana, largometraje documental que excava en la memoria de artistas y rebusca en documentos inéditos, testigos de una década marcada por un florecimiento cultural, mutilado de forma abrupta con posterioridad por la llamada Ofensiva Revolucionaria, preámbulo del Quinquenio Gris (1971-1975).
Reestrenado el pasado viernes en la Fábrica de Arte Cubano (FAC), con la presencia de Malta y algunos protagonistas, el material de 87 minutos resulta testimonio invaluable de La Habana nocturna de los años 60, así como también, bosqueja el auge del llamado "feeling" y el movimiento bolerístico de la Isla, a través de una serie de entrevistas a personalidades como Omara Portuondo, Frank Fernández, Pablo Milanés, Chucho Valdés, José Luis Cortés, y el brasilero Caetano Veloso, entre otros reconocidos músicos e intelectuales.
Sin grandes pretensiones cinematográficas, puesto que es éste un documental con marcado corte periodístico, el largometraje logra ahondar en cuestiones poco conocidas del Gato Tuerto como su fundación, y rescata la figura de Felito Ayón, especie de mecenas empírico que ideó todo el proyecto y la concepción artística del piano-bar, uno de los más emblemáticos y populares a nivel mundial.
Malta, enamorado de Cuba y su cultura, explicó durante su presentación en FAC, que la principal motivación del audiovisual fue la ausencia de materiales relacionados con el Gato…: "…para mí un lugar de referencia para el arte de la Isla.
"Creo que deviene una contribución al patrimonio musical cubano, y su historia de los últimos 50 años. He querido retratar la pérdida de su esencia, y potenciar la necesidad de que se mantenga exclusivamente como una casa del bolero y el feeling", apuntó el periodista brasileño.
Si bien, como documento testimonial El Gato de La Habana ostenta disímiles puntos de luz, es válido destacar que, en ocasiones, su eje narrativo muta hacia otros tópicos adyacentes a la temática fundamental, hecho que puede confundir y perder al espectador. Los extensos momentos musicales, a veces injustificados, pueden señalarse también como zonas débiles en la dramaturgia del audiovisual, imprescindible principalmente, por el cúmulo único de informaciones y entrevistas.
Lo más loable: el empeño hacia el rescate de la memoria de una época, y el amplio trabajo investigativo. Factores que hacen del documental una buena pieza para comprender la vida nocturna de La Habana de los años 60, y recordar al Gato Tuerto como el espacio donde antaño se nuclearon varios de los más importantes músicos e intelectuales de la Isla.