Roberto Fonseca entra en trance en el escenario y detiene el tiempo con la agitación de sus dedos. El piano, espacio natural del compositor, arreglista e instrumentista, resulta tierra que se escurre a través de los sonidos aprehendidos y aprendidos. Su piel está curtida con la música que acontece del gozo, alejándose de la filosofía.

Cuando toma asiento frente al piano, comienza a escudriñar los rostros que lo siguen en su proyecto, Temperamento, fundado -con imprecisión- entre el año 1997-98, durante una peña en el patio de la Unión de Periodistas y Escritores de Cuba. La relación que se establece con su “escuadrón” evidencia un matiz familiar e íntimo, que se transmite a las próximas horas de concierto. Fonseca valora la complicidad del disfrute, aun cuando el escenario es, para él, una extensión solemne de su expresión.

Su alineación, compuesta por Javier Zalba (saxofón, clarinete y flauta), Yandy Martínez (bajo), Adel González (percusión) y Ruly Herrera (drums), lo escoltó este sábado durante su presentación en Fábrica de Arte Cubano (FAC), momento especial para despedir el año con un repaso por los géneros que lo definen, y poner a circular entre las personas los sonidos de Abuc, su última producción discográfica.

Durante la noche, repleta de magnetismo y sensualidad musical, la agrupación demostró ese virtuosismo reposado que caracteriza a Temperamento, donde el diálogo se establece de manera elocuente y sencilla, sin discursos de reafirmación innecesarios. Con esta idea, la banda funciona cual perfecto engranaje.

“…A veces queremos filosofar demasiado y decir cosas con el instrumento que ni otros músicos entienden, y nos alejamos del público, del pueblo, cuando antiguamente el jazz era una música popular y la gente la bailaba. Es otra época también, pero intentamos popularizarlo de nuevo, que la gente no lo vea como algo que no entienden, al contrario”, afirmó Fonseca en una entrevista a CubaDebate.

Desenvolviéndose con tumbaos sabrosos, llenos de creatividad y con el sabor de “lo cubano”, Fonseca tomó distancia, a ratos, de la música. Durante algunos segundos escuchó a sus instrumentistas, parado en la sombra de una esquina del escenario, y, en ráfaga de necesidad, volvió a sentarse al piano, con la fuerza telúrica de un fenómeno que alcanza su punto máximo junto a las notas.

Mientras, su estado de trance logró contagiar al público, que desbordó la nave 4 de FAC para asistir a una presentación que siempre deslumbra por ese apego fehaciente de Fonseca a las raíces tímbricas de la Isla.

“…La música afrocubana tiene una riqueza enorme, aunque a veces se ha reducido a algo exótico, folclórico, incluso de atracción para el turismo, y no se va más allá, no hay preocupación por buscar las raíces y otros tipos de ritmo y de canto. La música es como el espejo de lo que uno vivió, es el reflejo de lo que uno piensa y lo que uno siente, por eso es importante la espiritualidad. Yo lo pongo todo”, confesó a la prensa este instrumentista, reconocido también por integrar proyectos exitosos como el Buena Vista Social Club.

Al escenario llegaron, además, como adiciones impresionantes para una presentación de primera, los invitados Yasek Manzano (trompeta) y Carlos Miyares (saxofón), quienes completaron junto a Javier Zalba un trío de lujo que intervino en varios momentos del concierto, complementando y nutriendo la versatilidad del piano, a veces frenético entre los dedos de su ejecutor.

El mensaje final llegó sin códigos encriptados. Temperamento es, concreción de un sentimiento de complicidad que se cuece más allá del escenario, en el ámbito de una familia escogida. Sin diversión, Roberto Fonseca no podría crear y pensar el jazz de una manera tan auténtica, real. Para él, la música -tan amplia en abrazo- no puede ser definida en pocas palabras.

Es: “…tiempo, espacio, materia…. No es que haya creación y viene después la música: la música es parte de la vida misma. No es que seas músico o que oyes música, es que tu vida es música, siempre la vas a tener mientras vivas”.