Santiago Auserón se define como “el primer alumno español del son”, un género que, teniendo en cuenta su suelo, no le pertenece, pero que, sin lugar a dudas, lleva clavado en medio del pecho como una contagiosa enfermedad de amor.

Sus vínculos con Cuba se estrecharon en el año 1984, con su primera visita, a la que llegó persiguiendo la idea del “…español trabajado por los ritmos negros”; pero desde mucho antes, pegaba los oídos a las victrolas de su natal Saragoza buscando desentrañar sonidos, comprenderlos, traducirlos.

De sus primeros recorridos por la Isla, mochila al hombro, emergen nuevos conceptos y lenguajes. Radio Futura, banda de la que otrora fuera fundador y vocalista, resumió influencias y años de íntima investigación, logrando un sello que, todavía hoy, la ubica como una de las alineaciones más exitosas del rock español en las décadas 1980-90.

“De Cuba aprendí donde poner los versos y la lengua, pues en su música se encuentra el fundamento de muchos sonidos”, asegura Auserón, más conocido como Juan Perro, quien este fin de semana ofreció un concierto en Fábrica de Arte Cubano (FAC).

“Cuando comencé Radio Futura entendí que necesitaba algo que hiciera funcionar el verso con una rítmica coherente, que no violentara los acentos de las palabras y permitiese que la prosodia del verso fuera natural. Quería que la melodía fuese lógica con la entonación del habla y la rítmica cayera en su sitio.

“A mí me empezó a inquietar e imaginaba que debía existir un lugar donde el español estuviera trabajado por un ritmo negro. Teóricamente pensé que eso podría estar ocurriendo en Cuba, pero no tenía la conciencia plena. España fue muy ingrata con su antigua colonia, y casi borró completamente sus memorias”, confiesa este Doctor en Filosofía, galardonado con el Premio Internacional Cubadisco 2017, por su fonograma El Viaje.

Tres décadas después del primer contacto, no es de extrañar que sus canciones seduzcan por esa extraña amalgama lograda entre el son, la trova tradicional y el blues rural norteamericano, ni que Santiago sienta con toda naturalidad que es hijo de la tradición tímbrica local.

“Para mí es un sueño volver. Llevo muchos años perdido por acá, estudiando, investigando. Espero poder mostrarles un poquito del influjo que la música cubana tiene en la mente de los españoles”, expresó a los presentes en la Nave 4 de FAC antes de comenzar su presentación, acompañado por una alineación de excelentes instrumentistas.

Con un discurso picaresco, atrevido, pasional y profundamente mestizo, Juan Perro desbordó con temas de su autoría como Río Negro, Obstinado en mi error, Nada y Agua de limón, mientras que, del repertorio local, escogió para cerrar Hoy como ayer, inmortalizada por Benny Moré, el Bárbaro del Ritmo.

Durante poco más de una hora puso en evidencia su apego y reinterpretación de las raíces tímbricas de la Isla, asumidas con naturalidad dentro de una obra que deviene mapa sonoro de la Mayor de las Antillas, puesto que, para conformar sus percepciones, Auserón recorrió diversas ciudades del país y conoció a músicos como Faustino Oramas (El Guayabero), Carlos Envale, Francisco Repilado (Compay Segundo) y Vladimír Zamora (El Vlado), con quienes mantuvo estrecha amistad.

Los solos de cada instrumentista valieron palmas una y otra vez, con especial mención para el trompetista David Pastor, quien en distintos momentos de la noche demostró una maestría incontestable y un dominio de los amplios recursos musicales de la Isla.

En su presentación fue de trovador errante a zaragozano enamorado, desprendiendo en su lírica un amasijo de ideas universales, resultado de los espacios sonoros que habita este español que desanda el mundo bajo el pseudónimo de Juan Perro, nombre que entraña la poética de lo popular en el Oriente cubano.

Santiago Auserón editó en Cuba la antología Semilla al son, primera dedicada íntegramente a este género. Sobre este proyecto en particular, escribieron en España:
“Sucede que en nuestro suelo los patrones rítmicos más ricos, las melodías mejor formadas, deben ser desenterradas como hueso viejo, bajo los escombros de un negocio musical que deja tras su precipitación un rastro discontinuo. Por eso el pasado mismo de nuestra canción popular, así como sus consecuencias futuras, deben ser redescubiertos o reinventados cada diez años, soñados como una isla utópica, al límite de lo posible”.